
Se quedó conmigo algunos instantes aquel feliz momento, mientras mi pecho le servía de almohada.
Un suspiro y te amo se escapaban de cuando en cuando, y un juego de miradas y caricias llenaban el profundo silencio de la fresca tarde.
La noche trajo consigo la despedida, la oscuridad apagó la luz que destellaban sus ojos y el sillón quedó sólo de nuevo.
Pero el instante de felicidad aún sigue en mi rostro, me impulsa a mover los dedos en el teclado, y a cerrar los ojos para oler su aroma, que dejó impregnado en mi pecho.